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Todo empezó
con una mentira.
Las mejores historias
siempre lo hacen.
Escribo para que no puedas parar de leer. Relatos que duelen.
Novelas que no se olvidan. Historias que ocurren dentro de ti.
Kique Ruiz · Escritor
Enrique «Kique» Ruiz
Valdepeñas, 1966
Sobre mí
Me interesan las verdades
que sobreviven a quienes las escondieron.
Nací en Valdepeñas en 1966. Llevo más de veinte años escribiendo, ocho novelas
terminadas, y en casi todas se repite la misma obsesión: lo que alguien decidió
enterrar y alguien más se empeñó en desenterrar.
Un mapa trazado sobre piel humana en la Granada de 1370. Dos pergaminos cosidos
dentro de las tapas de un libro en 1295. Once cuerpos bajo el césped de un chalet
de Aravaca. Una mujer fotografiada como cadáver que estaba viva cuando apretaron
el obturador.
Cambian el siglo y el escenario. No cambia la pregunta:
quién tiene derecho a decidir qué se sabe.
Durante más de tres décadas he trabajado analizando organizaciones, resolviendo
problemas complejos y tomando decisiones estratégicas. Esa experiencia ha marcado
a fondo mi manera de entender la ficción: escribo thrillers y novela histórica
donde el rigor documental y la investigación pesan tanto como la tensión narrativa.
Cada novela nace de una investigación exhaustiva y de un compromiso con la
verosimilitud, porque estoy convencido de que la realidad casi siempre supera a la
imaginación. Las historias más inquietantes son, casi siempre, las que podrían
haber ocurrido.
Cuando no escribo, hago fotografías y me pierdo en el campo. Las dos cosas se
parecen más de lo que parece: consisten en mirar mucho rato algo por lo que los
demás pasan de largo.
Escribo para que no puedas parar de leer. No me interesa que admires una frase
suelta: me interesa que pases la página. Si al terminar un capítulo miras el reloj
y decides que todavía te da tiempo a uno más, he hecho mi trabajo.
¿Dónde termina la verdad y dónde empieza la ficción?
Cuando se acercó, olí el perfume que desprende la desesperación antes de verla. Es un olor que no se aprende en ningún sitio y que sin embargo se reconoce de inmediato: algo entre el sudor frío y el miedo contenido, una mezcla que no tiene nombre en ningún frasco pero que el cuerpo identifica solo, como una alarma antigua.
Me cogió del brazo con una mano que temblaba.
—Necesito ayuda. Por favor —dijo en voz baja, como si tuviera miedo de que alguien más la oyera.
Me volví. Era joven, tal vez treinta años, con el cabello oscuro pegado a las sienes por el sudor y unos ojos azules muy abiertos que miraban por encima de mi hombro antes de mirarme a mí. Llevaba un abrigo demasiado grande para la temperatura de esa tarde, y en el cuello, asomando apenas por el cuello de la blusa, una delgada trencilla azul de la que colgaba algo que no llegué a ver. Parecía haber estado corriendo.
—¿Qué le ocurre? —pregunté.
—Me siguen. Ayúdeme. —Volvió a mirar por encima de mi hombro—. Por favor, vámonos de aquí.
Debí haberle dicho que lo sentía y seguir andando. Eso es lo que hace la gente sensata cuando una desconocida aterrorizada la agarra del brazo en mitad de la calle: suelta el brazo con amabilidad, murmura algo sobre la policía y continúa su camino. Lo supe perfectamente mientras echaba a andar a su lado.
No era valiente. Era curioso, que es una forma diferente de meterse en problemas.
Caminaba con la cabeza agachada, pegada a mi costado, usando mi cuerpo como si fuera un escudo. Yo miraba hacia delante intentando parecer normal —dos personas paseando, nada más— mientras me preguntaba quién podía estar siguiendo a aquella mujer. ¿La policía? ¿Un marido? ¿Algo peor? El cine americano me había llenado la cabeza de posibilidades, ninguna tranquilizadora.
Llegamos al parking donde tenía aparcado el coche. Abrí y antes de que pudiera decir nada ella se había tumbado en el asiento trasero, con el abrigo tapándole la cara. Me quedé un momento con la mano en la puerta, mirándola, preguntándome en qué momento exacto había perdido el control de la situación. Luego subí y arranqué.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Vamos. Nos están vigilando.
—¿Cómo te llamas? —repetí sin mover el coche.
Un silencio tenso. Luego:
—Inés. ¿Puedes arrancar de una vez?
—Yo me llamo Antonino —dije mientras metía primera—. Por si sirve de algo.
No respondió. Por el espejo retrovisor la vi incorporarse levemente y mirar por la luneta trasera con esa expresión concentrada y asustada de quien busca algo que no quiere encontrar. Yo también empecé a mirar los coches de detrás sin saber muy bien qué estaba buscando.
Eso era lo peor: que su miedo era contagioso.
Conduje sin rumbo durante un par de minutos, barajando opciones. Una comisaría. Un hospital. Dejarla en cualquier esquina y fingir que nada de aquello había ocurrido. Pero algo en la manera en que se había pegado a mi costado en la calle —esa confianza desesperada que depositan los que no tienen a nadie más— me lo impedía.
—Llévame a tu casa —dijo, como si hubiera estado escuchando mis pensamientos.
Solté el aire despacio.
—Está bien.
Aparcamos frente al portal y corrimos hasta la entrada —me había contagiado su prisa sin darme cuenta— y cuando cerré la puerta a mi espalda y escuché el clic del cerrojo me sentí ridículo y aliviado al mismo tiempo. Ridículo porque no sabía de qué estábamos huyendo. Aliviado porque estábamos dentro.
Al entrar en el salón la encontré con las persianas ya bajadas, sentada en la oscuridad. Encendí la lámpara pequeña del rincón de lectura, la única que no iluminaría las ventanas desde fuera. Me sorprendí haciéndolo sin que ella me lo pidiera.
—¿Me vas a decir qué ocurre?
—Soy científica —dijo—. Me persiguen por un descubrimiento que he hecho.
Procesé eso un momento.
—Voy a llamar a la policía. Necesitamos ayuda profesional.
—No. —La voz se le quebró en esa sílaba—. Ellos también están metidos en esto.
Me quedé mirándola. Sus ojos azules eran completamente serios. No había en ellos esa opacidad de quien miente ni esa hiperactividad de quien actúa: solo un miedo muy limpio y muy hondo que me resultó más inquietante que cualquier otra cosa que hubiera podido decir.
—¿Tienes hambre? —pregunté, porque necesitaba moverme y pensar.
—Sí. Mucha.
Fui a la cocina y puse a hacer gulas con ajo y guindilla, más para tener las manos ocupadas que por otra cosa. Mientras las removía en la sartén intenté ordenar lo que sabía: una mujer llamada Inés, científica, perseguida por personas desconocidas que incluían a la policía, que había elegido agarrarse a un extraño en la calle porque no tenía adónde más ir. No era mucho. Pero tampoco era, reconocí, completamente imposible.
La mente tiene una capacidad extraordinaria para encontrar argumentos que justifiquen lo que uno ya ha decidido creer.
Cuando volví al salón con los platos, Inés dormía acurrucada en el sillón, con el abrigo demasiado grande envolviéndola como una manta. Dejé la comida en la mesita y me quedé mirándola un momento.
Dormida parecía más pequeña aún. Tenía el ceño levemente fruncido incluso en el sueño, como si incluso inconsciente algo la mantuviera en guardia. Se veía tan frágil, tan absolutamente indefensa, que me costó imaginar a alguien queriendo hacerle daño.
Entonces vi la trencilla.
La delgada cinta azul que le había asomado por el cuello antes. Ahora, con la cabeza ladeada hacia el respaldo, se veía con más claridad: pendía de ella algo pequeño, plano, rectangular. Podría ser una llave. Podría ser cualquier cosa que aclarara el enigma. Me dije que tenía derecho a saberlo, después de todo lo que me había metido en este asunto, y con ese argumento —endeble, lo sabía— me acerqué despacio.
Tiré de la cinta con cuidado, sin despertarla.
Al inclinarse para ver qué era, volví a olerlo. El perfume de la desesperación, igual que en la calle, igual que al principio. Más suave ahora, mezclado con el calor del sueño.
Era una pequeña tarjeta plastificada.
Me incorporé y la leí.
"Esta persona es una enferma mental. Si la encuentra desorientada o delirando, llame al teléfono del Hospital Mental Virgen María."
Me quedé quieto durante un momento que se hizo largo. Miré a Inés, que seguía durmiendo con el ceño fruncido y el abrigo hasta la barbilla. Miré las persianas bajadas. Miré la sartén con las gulas enfriándose en la mesita.
Luego volví a mirar la tarjeta.
Comprendí, con una mezcla exacta de alivio y vergüenza que no sabría describir a nadie, que el único que había estado huyendo de algo esa noche era yo: de mi propio sentido común.
La playa de octubre tenía esa belleza particular de las cosas que no necesitan público. La arena húmeda guardaba todavía las huellas de la última marea y el viento venía del mar con un frío limpio que olía a sal y a distancia. No había nadie. Solo ellas dos, caminando despacio cerca de la orilla, con los zapatos en la mano y los pies descalzos hundiéndose levemente en la arena fría.
Inés esperó a que Sonia terminara de mirar el horizonte antes de hablar.
—¿Cuántas veces has tenido que elegir a lo largo de tu vida?
Sonia tardó un momento en contestar, como si la pregunta le llegara de más lejos de lo que parecía.
—Muchas. Como todos, creo.
—Me refiero a si cuando lo haces eres consciente de lo que esa elección supone para tu futuro.
Sonia tenía la mirada puesta en el agua. Era una mujer de unos cuarenta años, de gesto sereno y voz pausada, con esa clase de calma que no viene de la tranquilidad sino de haber agotado ya todas las formas de no estar tranquila.
—En unas ocasiones sí. En otras no. Pero lo que no entiendo es adónde quieres llegar —dijo, sin apartar los ojos del mar.
—A que si hoy me encuentro en esta situación es porque en algún momento de mi pasado hice algo que ahora estoy pagando.
La voz de Sonia sonaba entristecida, pero con una tristeza vieja, asentada, que ya no duele de la misma manera que al principio.
Inés frunció levemente el ceño. Llevaba años ejerciendo como abogada y tenía el instinto de quien ha escuchado demasiadas veces a personas culpándose de cosas que no eran su responsabilidad.
—No creo que sea así. Habrán influido también otras circunstancias. Nadie elige todo: ¿tú pudiste decidir quiénes eran tus padres?
—En eso llevas razón —admitió Sonia—. Pero sí pude tomar otro camino. O al menos debí haber esperado. No precipitarme. Aguanté la presión de los míos porque su familia era de buena posición, y eso pesó más de lo que debería haber pesado.
—Cuando formaste esa pareja, ¿sabías lo mal que te iría?
—No.
—Entonces no eres responsable de lo que esa decisión te trajo. No puedes serlo.
Sonia se detuvo un instante. Una ola llegó hasta sus pies y el agua fría le cubrió los dedos. No se movió.
—¿Crees lo que dices, o solo intentas quitarme un peso de encima?
—Me conoces bien —dijo Inés—. Sabes que no tendría ningún reparo en quitarte la razón si no la llevaras. Pero en este momento pienso que has hecho lo que cualquier mujer habría hecho en tu lugar.
Sonia echó a andar de nuevo, despacio. El viento le movía el cabello sobre la cara y no se lo apartó.
—Nunca me quiso —dijo, con una voz tan quieta que costaba distinguirla del ruido del mar—. Desde el primer momento comenzó a despreciarme, a avasallarme. Al poco empezaron los maltratos. Primero los psicológicos, luego los físicos. Esa ha sido mi vida durante años.
Inés no dijo nada. Caminó a su lado en silencio, que era lo único que en ese momento servía de algo.
—No te castigues más —dijo por fin—. Todo ha terminado.
—Creo que es al contrario. —Sonia se volvió levemente hacia ella—. Ahora empieza lo peor. Mucha gente no va a entender lo que he hecho.
—Eso es lo de menos.
—Para ti, quizás.
—Estamos llegando —dijo Inés.
Se detuvieron al borde de la arena. Sacudieron los pies, se calzaron en silencio. Cruzaron la calle despacio, como si hubiera un acuerdo tácito de no apresurar lo que venía.
—Me encanta la playa en otoño cuando no hay nadie —dijo Sonia, mirando atrás un momento.
—A mí también.
Inés cogió a Sonia por el brazo al cruzar la puerta, con suavidad pero con firmeza, como quien sostiene a alguien que podría arrepentirse en el último paso. El edificio olía a papel húmedo y a café de máquina. Al fondo del pasillo había un mostrador y, detrás, un policía de uniforme que levantó la vista cuando las oyó entrar.
—Buenas tardes —dijo Inés.
—¿En qué puedo ayudarles?
—Deseamos presentar una denuncia. Mi cliente —señaló a Sonia— ha matado a su marido en defensa propia durante una disputa doméstica.
Era una mañana de lluvia fría y lateral, de esas que no avisan. Solo cuando pisé la calle comprendí la fuerza con que golpeaba el agua: se clavaba en la cara como agujas finas, sin pausa, sin piedad. Crucé corriendo hacia el portal de Andrea, que estaba justo enfrente.
Nos conocíamos desde que teníamos uso de razón. Vecinas, compañeras de clase, de juegos, del instituto. La clase de amistad que no se elige, sino que simplemente ocurre, como el paisaje.
En el último año, Andrea se había convertido en algo más: en la persona que sostenía el extremo del hilo cuando yo lo soltaba. Que era a menudo.
Llegué sofocada al portal. Hacía meses que cualquier esfuerzo pequeño me dejaba sin aire, como si el cuerpo hubiera olvidado cómo administrar la energía que le quedaba. Subí en el ascensor hasta el tercero y la encontré con la puerta ya abierta: me había visto cruzar desde la ventana. Siempre me vigilaba.
—Hola. Tienes muy buena cara hoy —mintió, con una naturalidad que solo da la práctica.
—Si tú lo dices —contesté entrando.
—¡Hoy es el gran día, ya verás!
—La suerte me abandonó hace tiempo, Andrea. Ahora solo me quedan las ganas de luchar. Tú lo sabes.
Nos sentamos delante de unas tazas de café humeante y me quité el gorro de lana rosa. Con Andrea no hacía falta mantener nada. Ella miraba mi cabeza sin pelo con la misma normalidad con que miraría mi cara, y eso —esa ausencia de reacción— era el mayor regalo que podía hacerme.
Mojamos unas galletas en el café y luego bajamos al coche.
Doscientos kilómetros de carretera gris bajo la lluvia. Las dos en silencio, porque había poco que decir que no hubiéramos dicho ya.
Había tardado semanas en convencerme para ir a ver al curandero. Yo no creía en esas cosas —nunca había creído— pero hay un punto en que la lógica cede y uno acepta cualquier mano que le tiendan, venga de donde venga. La medicina no estaba dando los resultados esperados. Y lo otro —lo que llaman fe— tampoco llegaba, por más que lo buscara en aquella iglesia a la que empecé a ir desde el diagnóstico: a veces para recriminar, a veces para pedir, a veces simplemente para llorar a solas.
Tenía veintitrés años y una fecha.
Eso era lo que nadie que no lo hubiera vivido podía entender del todo: no la enfermedad, no el dolor, sino la fecha. Tener una fecha fija cambia la manera en que uno mira cada cosa.
—Nadie puede entender lo que es eso —le dije a Andrea mientras el coche avanzaba—. Tener una fecha para morir. Solo el que la tiene.
—Todos tenemos una —contestó ella, mirando la carretera.
—Sí. Pero yo la conozco. ¿Te parece poco?
Andrea no respondió. Apretó un poco más el volante y siguió conduciendo.
Sé que fui dura con ella. Pero había momentos en que necesitaba que alguien lo admitiera, que dijera en voz alta lo que era, sin rodeos ni eufemismos. Andrea prefería no admitirlo. Era su manera de quererme.
Llevábamos ciento cincuenta kilómetros cuando empecé a encontrarme mal. Un mareo primero, luego algo más profundo, una debilidad que no era nueva pero que esa mañana tenía una densidad diferente. No dije nada. No quería preocuparla.
Pero el cuerpo no negocia.
Me vino una arcada y vomité por la ventanilla antes de poder impedirlo. Andrea frenó con suavidad en el arcén y me miró.
—¿Te llevo a un hospital?
—No. —Lloraba sin querer—. Llévame al curandero. Es la única esperanza que me queda. Por favor, Andrea. Llévame allí.
—Está bien. Tranquila. Haremos lo que tú quieras.
Pero no faltaba mucho para llegar y yo ya no tenía fuerzas ni para mantener los ojos abiertos.
Andrea me llevó al hospital.
Al entrar me golpeó ese olor —sufrimiento, desinfectante, aire sin ventanas— que hay en todas las clínicas del mundo y que uno aprende a reconocer, aunque preferiría no haberlo aprendido. Me metieron en una habitación blanca y anónima, y Andrea se sentó a mi lado y empezó a hablar.
—No te preocupes, te vas a poner bien.
Lo decía sin parar, con esa insistencia suave de quien sabe que las palabras no sirven, pero no puede quedarse callado. Lo decía para mí y para ella misma, que también lo necesitaba.
—Ya he avisado a tus padres, llegarán pronto. No te preocupes, te vas a poner bien.
Intenté hablar. No encontré la fuerza. Traté de dibujar una sonrisa que debió salir como una mueca.
—No te preocupes, te vas a poner bien.
Fue lo último que oí.
El viento recorría el bosque con esa violencia irregular de las tormentas de invierno que parecen llegar desde todas partes al mismo tiempo. Las copas de los pinos se doblaban bajo las ráfagas con un crujido grave y continuo, y la nieve húmeda se mezclaba con la lluvia formando una aguanieve sucia que el suelo helado aún no conseguía retener del todo. Era la clase de noche en que los animales buscan refugio y los árboles parecen rezar.
El anciano permanecía inmóvil en mitad del claro.
La tormenta llevaba horas descargando sobre él, pero ya no tenía fuerzas ni interés en buscar cobijo. Muy cerca, entre los árboles, conocía varias cuevas pequeñas donde habría podido protegerse del viento. Las había utilizado muchas veces durante otros inviernos, cuando aún era lo bastante fuerte para recorrer aquellas montañas sin sentir el peso de los años en cada movimiento. Ahora las recordaba como se recuerdan las cosas que pertenecen a otra vida: con nitidez y sin nostalgia.
El frío le había endurecido las articulaciones y la humedad le hacía doler los huesos con una profundidad antigua, como si el propio invierno estuviera instalándose poco a poco dentro de su cuerpo, ocupando los espacios que él ya no era capaz de defender.
Levantó lentamente la cabeza.
El bosque seguía allí. Los mismos senderos. Las mismas piedras cubiertas de musgo. Los mismos árboles entre los que había pasado prácticamente toda su vida, y que ahora lo miraban con la indiferencia absoluta de las cosas que sobrevivirán a todo.
Durante años había conocido cada rincón de aquellas montañas mejor que nadie. Había encontrado alimento cuando los inviernos destruían la caza, refugio durante las tormentas, agua bajo la tierra seca de los veranos más duros. Hubo un tiempo en que bastaba con que él se detuviera para que los demás se detuvieran también, con que él girara para que el grupo girara, con que él gruñera suavemente para que el silencio se instalara de golpe a su alrededor. Una autoridad que no necesitaba imponerse porque nacía simplemente de la experiencia, y que todos reconocían sin necesidad de que nadie la explicara.
Entonces aún era necesario.
Ahora ya no.
Otra ráfaga de viento le golpeó el lomo mojado y él cerró los ojos un instante. Los jóvenes apenas se acercaban ya a él salvo cuando necesitaban algo concreto, y aun entonces podía notar en ellos esa impaciencia contenida de quienes empiezan a mirar a los viejos como criaturas lentas pertenecientes a un mundo que se extingue. Los observaba correr colina abajo con la fuerza y la arrogancia de los cuerpos todavía intactos —los músculos respondiendo sin demora, los saltos exactos, la respiración recuperándose en segundos— y comprendía, sin resentimiento verdadero, que el lugar que había ocupado durante tanto tiempo empezaba a desaparecer lentamente, como la nieve al final del invierno: sin violencia, sin dramatismo, simplemente porque había llegado el momento.
Así funcionan las cosas, pensó.
Siempre había funcionado así.
Lo peor no era el frío. Ni siquiera el hambre, aunque llevaba dos días sin comer y el cuerpo ya apenas reclamaba nada. Lo peor era algo que no tenía remedio y que el frío y el hambre no podían empeorar ni aliviar.
Lo peor era el silencio.
Giró ligeramente la cabeza hacia el bosque oscuro. A veces todavía le ocurría: creía escucharla avanzando entre los árboles, notaba durante unos segundos la sensación absurda de no estar completamente solo, de que el mundo seguía teniendo un centro. Pero luego el viento volvía a soplar entre las ramas y el vacío real recuperaba su lugar con una precisión que dolía más que el frío.
Desde que murió, el bosque parecía más grande. Más hostil. Más indiferente.
La nieve comenzaba a cubrirle el lomo lentamente, como si el bosque lo estuviera reclamando ya.
El anciano intentó incorporarse y enseguida comprendió que ya no podía. Las patas le respondieron con un temblor débil antes de rendirse otra vez bajo el peso del cuerpo. Permaneció quieto. No sintió miedo. Solo un cansancio inmenso y extrañamente sereno, como el que viene después de haber cumplido algo.
Habría podido arrastrarse hasta alguna cueva antes de que empeorara la tormenta. Quizá incluso sobrevivir algunos días más. Pero la idea de seguir viviendo ya no contenía nada capaz de empujarlo hacia delante. No había cobardía en eso. Solo una contabilidad honesta de lo que quedaba.
Miró el cielo gris entre las ramas agitadas.
Había tenido una vida larga. Más larga de lo habitual. Había cazado. Había guiado. Había sobrevivido a inviernos peores que aquel. Y había amado a alguien lo suficiente como para notar todavía su ausencia en cada rincón del bosque, en cada claro, en cada silencio entre ráfaga y ráfaga.
No estaba seguro de que pudiera pedirse mucho más.
El frío fue alejándose poco a poco de su cuerpo hasta convertirse únicamente en una sensación lejana de entumecimiento. Después desapareció también. El peso del cuerpo se fue volviendo ligero de una manera que nunca había experimentado, como si el bosque lo estuviera absorbiendo despacio, sin prisa, con la paciencia de las cosas que han esperado siempre.
La tormenta continuó descargando sobre el claro mientras la noche iba cerrándose lentamente entre los árboles.
Cuando dejó de respirar, el bosque siguió moviéndose exactamente igual que antes.
********************
Diez días después, unos chicos que atravesaban la zona con mochilas y ropa de montaña distinguieron un bulto semienterrado bajo la nieve junto a unos pinos. Se acercaron con cautela, como se acerca uno a las cosas que no sabe todavía lo que son.
—Está muerto.
Uno de ellos apartó la nieve con la punta de la bota.
El animal conservaba todavía parte del pelaje gris bajo la capa helada y tenía la cabeza apoyada sobre el suelo como si simplemente se hubiese quedado dormido mirando el bosque. Era enorme. Incluso inmóvil, incluso cubierto de nieve, había en él algo que imponía.
—Qué grande era —dijo otro, agachándose para mirarlo de cerca—. Mira esos colmillos.
El más joven sacó el móvil y encuadró la foto sin decir nada. El obturador sonó una vez, limpio, y la pantalla se quedó con la imagen congelada: el lobo gris sobre la nieve blanca, la cabeza vuelta levemente hacia el bosque, como si siguiera escuchando algo que los chicos no podían oír.
—Es raro encontrar lobos por esta zona. Pensaba que ya no quedaban.
Durante unos segundos permanecieron observándolo en silencio mientras el viento seguía moviendo las copas de los árboles por encima de ellos. Nadie dijo nada más. Había algo en la escena —en el tamaño del animal, en la quietud de la postura, en la expresión de quien se ha tumbado a esperar y no a huir— que los mantuvo quietos más tiempo del que cualquiera de ellos habría admitido.
Luego continuaron caminando montaña abajo y el bosque volvió a quedarse solo.
Se despertó de golpe, con todos los vellos del cuerpo de punta y el corazón golpeando contra las costillas como si hubiera estado corriendo. Por un momento no supo dónde estaba. Luego reconoció el techo, la penumbra familiar del dormitorio, el olor a noche cerrada, y respiró.
Agarró con fuerza la cruz de madera que siempre tenía sobre la mesilla. Era vieja y manoseada, con un Cristo metálico desgastado por años de manos que la habían sujetado igual que él la sujetaba ahora, y cuando notó que el metal se le clavaba en la palma aflojó un poco la presión sin soltarla del todo. La respiración fue serenándose despacio.
Necesitaba agua.
Para eso tenía que cruzar el pasillo hasta la cocina. Miró la oscuridad que le esperaba al otro lado de la puerta y tardó un momento en incorporarse. No era la primera vez. Llevaba meses así: noches en vela, despertares bruscos, esa sensación de presencia que desaparecía en cuanto encendía la luz pero que mientras duraba era tan real como el frío del suelo bajo sus pies.
Cruzó el pasillo con la mano rozando la pared. Al pasar frente a la puerta entreabierta del aseo, el movimiento de su propio reflejo en el espejo le heló la sangre durante el segundo que tardó en reconocerse. El corazón volvió a dispararse.
Llegó a la cocina, encendió la luz, bebió agua de pie junto al fregadero. Se sentó con el vaso en una mano y la cruz en la otra, mirando el reloj. Las siete menos veinte. Cuando el sol entrara, el miedo desaparecería. Siempre desaparecía con la luz. Eso era lo más desconcertante de todo: que de día era perfectamente capaz de convencerse de que no había ocurrido nada.
Había consultado a un psicólogo y a un psiquiatra. Los dos coincidían: trastorno por culpa, estrés laboral, nada que unos meses de medicación no pudieran resolver. Él no estaba de acuerdo y se había negado a tomar nada. Nunca había sido amigo de las drogas, ni siquiera las médicas. Y, además, en algún lugar incómodo de su cabeza, sabía que el diagnóstico no encajaba. Un trastorno de estrés no tiene ese peso específico, esa certeza de que hay algo en la habitación que no debería estar.
Lo peor era no poder hablarlo con nadie. Le daba vergüenza. Su círculo más íntimo dudaría de su cordura si les contara que, desde hacía unos meses, los espíritus venían a visitarle por las noches. Él mismo dudaría, si alguien le viniera con esa historia. Toda su vida había trabajado con elementos tangibles: pesos, medidas, dimensiones. Cosas que se pueden verificar. Pero lo que estaba viviendo no encajaba en ningún marco que conociera, y esa imposibilidad de clasificarlo era, en cierta manera, lo más perturbador de todo.
Decidió volver a la cama, sabiendo que no dormiría. Mientras esperaba que amaneciera con los ojos abiertos en el techo, pensó en su tía.
Siempre había alguien en su familia que decía ver ánimas. Su tía llevaba décadas hablando de convivir con espíritus, y él siempre lo había achacado a alguna predisposición familiar hacia cierto tipo de delirio. Nunca lo había tomado en serio. Pero eso era antes de las últimas semanas, antes de los despertares, antes del peso en el pecho y de los reflejos en el espejo que tardaban demasiado en reconocerse como propios.
Esa mañana iría a verla.
Vivía en un piso del centro, tercer piso sin ascensor, con una puerta de madera oscura que olía a lavanda y a tiempo detenido. Le abrió antes de que terminara de llamar, como si lo hubiera estado esperando, y le miró la cara con esa atención tranquila de quien ya sabe lo que va a escuchar.
—Llevas demasiado tiempo sin venir —dijo, apartándose para dejarle pasar.
—Lo sé. Lo siento.
Le preparó café sin preguntarle si quería, como siempre había hecho, y se sentaron a la mesa de la cocina entre tazas humeantes y la luz de la mañana entrando por la ventana. Era una mujer de setenta y tantos años, con el pelo blanco recogido y los ojos muy quietos, del tipo de persona que ha llegado a cierta edad sin haber perdido la capacidad de sorprenderse, pero tampoco de turbarse.
Él miró el café un momento antes de hablar.
—Algunas noches veo espíritus.
—Y yo —dijo ella, sonriendo levemente, como si fuera la cosa más natural del mundo.
—¿Sabes a qué se debe?
La tía dejó la taza sobre la mesa con cuidado.
—Dios nos ha dotado a algunos con un don especial. Para poder ver a los que están en la otra vida.
—Pero yo no creo en Dios —dijo él—. Ni en el diablo, ni en los espíritus, ni en otra vida.
La tía le miró con esa paciencia serena de quien lleva mucho tiempo sabiendo algo que el otro acaba de empezar a intuir.
—¿Acaso piensas que a ellos les importa eso?
Miró la posición del sol para calcular la hora. Llevaba un buen rato vagando sin encontrar nada que no fuera vegetación cerrada y algún animal que se escabullía entre los matorrales antes de que pudiera verlo con claridad. El aire le trajo el olor húmedo que precede a las tormentas y comprendió que tendría que encontrar refugio pronto.
La isla la había visto desde el aire, justo antes de perder el control: una mancha verde rodeada de agua azul que en ese momento le había parecido una salvación. Ahora, después de veinte minutos caminando sin encontrar ningún signo de población, empezaba a parecerle otra cosa.
Que hubiera salido vivo del impacto era inexplicable. Desde antes de subir a la avioneta lo había asaltado ese presentimiento que de vez en cuando le llegaba sin avisar —una alarma sorda, sin forma concreta— y que esa vez, por primera vez, había decidido ignorar. Inútil darle más vueltas. Lo hecho, hecho estaba.
Subió a un pequeño montículo para orientarse. Desde arriba pudo ver el rastro de vegetación aplastada por donde había llegado, si así podía llamarse aquello. Estableció prioridades: volver al lugar del accidente, revisar la carga, buscar comida y abrigo. Todo lo demás podía esperar.
Le pareció escuchar un motor a lo lejos y se detuvo, con la mano en la pistola de bengalas que llevaba por costumbre. Escuchó. Nada. Solo el viento entre los árboles y el primer trueno lejano. Era demasiado pronto para el rescate, lo sabía: ni siquiera lo estarían buscando todavía.
Encontró la avioneta tan hundida entre la maleza que desde el aire sería invisible. La radio estaba destrozada. Golpeó el fuselaje con el puño, más por la rabia que por otra cosa, y luego se puso a abrir los paquetes de carga uno por uno, buscando algo comestible.
No encontró comida.
Encontró cocaína. Tres cajas, cada una con varios paquetes del tamaño de un ladrillo, envueltos con cuidado y bien precintados. Se quedó mirándolos durante un momento largo.
Así que de eso se trataba. Lo demás era solo tapadera.
Su primera reacción fue rabia: la rabia de quien ha sido usado sin saberlo. Pero la rabia duró poco, porque casi de inmediato llegó el pensamiento siguiente, y con él una sonrisa que no tenía nada de alegre. Alguien había pagado por esa carga. Alguien la estaría esperando. Y alguien, por todos los medios a su alcance, vendría a buscarla.
Suspiró, un poco más tranquilo.
La primera noche la pasó a la intemperie con una lluvia que empapaba todo y no daba tregua. Improvisó un refugio entre el ala de la avioneta y un árbol, cubriendo el hueco con una lona agujereada que ató con trozos de cuerda sacados de la cabina. No fue suficiente. A medianoche estaba tiritando dentro del saco de dormir que había armado con retazos de lona, con el frío calándole los huesos y el estómago vacío protestando con una insistencia que no le dejaba dormir.
El segundo día lo dedicó a intentar cazar y a fracasar en el intento. Encontró agua —eso al menos— en un pequeño arroyo que bajaba entre las rocas, y bebió hasta que el estómago se le asentó un poco. Miró los árboles y sus hojas sin atreverse a probar nada que no pudiera identificar. El hambre era una presencia física, una debilidad que se instalaba primero en las piernas y luego en la cabeza.
Para el tercer día ya no pensaba con claridad. Se había instalado junto a los restos de la avioneta con la espalda apoyada en un árbol, mirando el horizonte con esa concentración vacía de quien ya no tiene fuerzas para otra cosa. En dos ocasiones creyó escuchar motores. En las dos ocasiones no había visto nada, y la esperanza de haber oído algo real se había disuelto enseguida dejando un sabor más amargo que el hambre.
El mareo llegó con la tarde. Una flojedad en los brazos y en las piernas, una sensación de que el mundo se inclinaba levemente. Sabía lo que era: inanición. Si no comía pronto, el cuerpo empezaría a cerrarse solo, sistema por sistema, con una eficiencia tranquila y sin retorno.
Dormitaba con los ojos entreabiertos cuando oyó el motor. Esta vez no se incorporó de golpe: esperó, concentrándose en el sonido, distinguiendo si era real o era el cerebro jugándole otra mala pasada. El sonido no desaparecía.
Fijó la vista en el mar y tardó unos segundos en encontrarlo: una lancha fuera borda cortando el agua a toda velocidad en dirección a la isla. Se puso de pie como pudo —las piernas no respondían bien— y empezó a moverse hacia la playa con los brazos en alto. Correr era imposible. Arrastrarse, sí.
La lancha ralentizó al verlo. Eran cuatro hombres. Ninguno sonreía. Llevaban ropa oscura y el tipo que iba en proa lo miraba con una expresión que no era exactamente de alivio ni de preocupación, sino de evaluación rápida y fría, como quien mira un problema que hay que resolver.
—¡Gracias a Dios! —gritó desde la orilla.
—¿Es usted el piloto? —preguntó el del proa.
—¡Sí!
—¿Y la carga de la avioneta?
Lo dijo antes que nada más. Antes de preguntarle si estaba herido, antes de ofrecerle agua. La carga primero.
—Está como a medio kilómetro —contestó, notando el fastidio en su propia voz—. Llévanos hasta ella —le ordenó el hombre.
—Seguidme. ¿Tenéis algo de comer?
Sin decir nada, uno de ellos le lanzó una bolsa. Dentro había un bocadillo y algo de fruta. Empezaron a caminar en silencio hacia los restos de la avioneta, él delante y los cuatro detrás, y él comía mientras andaba con la concentración desesperada de quien lleva tres días sin probar nada, sintiendo cómo la glucosa volvía poco a poco a los músculos.
La tensión se podía notar sin ser muy observador. Los cuatro hombres no hablaban entre ellos ni con él. Miraban los árboles, miraban hacia atrás, miraban sus teléfonos. Cuando llegaron a la avioneta, examinaron la carga con rapidez y sin tocarlo a él, cogieron las tres cajas que les interesaban y volvieron hacia la playa al mismo paso silencioso con que habían llegado.
Él los siguió. Al llegar a la orilla, la lancha estaba ya con el motor en marcha. Se acercó al costado y extendió la mano hacia el hombre del proa, esperando que lo ayudaran a subir a bordo.
El hombre lo miró un momento.
—Tú te quedas —alcanzó a escuchar entre el rugido del motor.
Cuando puse el pie en el tercer escalón que conducía al vagón, supe con una certeza fría e irrevocable que no había vuelta atrás. Había algo definitivo en ese gesto tan pequeño —el pie izquierdo cediendo el peso al hierro del peldaño, el olor acre del andén mezclándose con el humo de la máquina—, algo que sellaba una decisión que llevaba semanas madurando en silencio, como una herida que uno tarda en mirar de frente.
El dolor, cuando dura demasiado, va anestesiando lo que toca. No de golpe, sino despacio, con una paciencia que tiene algo de cruel: primero el afecto, luego la empatía, finalmente el instinto de tender la mano. Uno deja de sentir —o se dice a sí mismo que ha dejado de sentir— y lo llama madurez.
Acomodé el equipaje en el portamaletas y me instalé en el único compartimento vacío que había encontrado tras recorrer dos vagones. El cuero de los asientos olía a polvo y a viajes ajenos. Lo que menos necesitaba en ese momento era compañía: una de esas conversaciones corteses y huecas que obligan a sonreír y a responder con frases hechas. Hay momentos en que uno necesita cubrir el espacio libre del alma con silencio, y sólo con silencio.
Intentaría dormir en cuanto el tren arrancara. El movimiento del ferrocarril siempre había tenido para mí algo de sedante, esa cadencia monocorde y rítmica que adormece los pensamientos y los disuelve. Me recosté contra el respaldo y cerré los ojos antes de que la estación desapareciera por completo.
Pero el sueño tardó. Me descubrí mirando a través de la ventanilla el paso apresurado de las personas en el andén: maletines apretados contra el costado, miradas clavadas en las pantallas, cuerpos que se esquivaban sin mirarse. En las pantallas gigantes de la estación, una sucesión de anuncios prometía vidas mejores en veinte segundos de color y música: veinte segundos en los que todas son bienaventuranzas, en los que cualquier objeto —una crema, un automóvil, un seguro de vida— transforma la existencia en algo luminoso y sin fisuras. Abel los miró pasar con una fatiga que no era de ese día ni de esa semana.
Con un movimiento brusco y metálico, el tren inició la marcha. Me recosté con una sensación de alivio que no esperaba: nadie había ocupado los demás asientos. Cerré los ojos.
Soñé con paisajes luminosos habitados por gente conocida que cometía actos irracionales con la expresión plácida de quien cumple un ritual cotidiano. Perseguían a los diferentes con esa ferocidad ordenada y mecánica de las hordas que han sustituido el pensamiento propio por la obediencia colectiva. En algún momento del sueño, me descubrí a mí mismo con los brazos caídos, sin voluntad de resistir, convertido en un espectador cómplice. Me avergoncé, incluso dentro del sueño.
Abrí los ojos todavía aturdido, con las imágenes pegadas en la retina. Por las ventanillas pasaban campos secos bajo un cielo inmenso y sin nubes. El sueño era demasiado parecido a ciertas cosas que había visto en los últimos años como para ignorarlo.
Mientras había dormido, en alguna de las paradas, dos mujeres se habían instalado en los asientos de enfrente. Me observaban en silencio con esa discreción cautelosa de los viajeros que aún no saben si su compañero de compartimento tiene ganas de hablar. Me sentí obligado a saludarlas con un gesto escueto antes de volver a la ventanilla.
El tren me alejaba de un pasado doloroso con la misma eficiencia con que se aleja de las estaciones: sin contemplaciones, sin volver la cabeza. Pensé que hay veces en que uno no tiene más remedio que quemar los puentes a su espalda para que no exista ninguna posibilidad de marcha atrás, para que la única dirección posible sea el frente. Sólo así —con los puentes en llamas y el humo disolviéndose en el aire— se adquiere la certeza de mirar hacia el porvenir sin apartar la vista. Porque ya no queda ninguna otra opción.
Las dos mujeres habían permanecido calladas hasta ese momento, adormiladas como yo por el ronroneo monótono del tren. Entonces la más joven se removió en el asiento.
—Hace calor —dijo, levantándose mientras se quitaba el abrigo con parsimonia.
Me fijé en el top negro que llevaba. Ella lo notó de inmediato —las mujeres siempre lo notan—, y se recreó en los gestos con una discreción calculada que tenía una pizca de provocación. Era una preciosidad: rubia, de ojos oscuros y profundos, con esa clase de belleza que uno reconoce incluso cuando no está en condiciones de apreciarla. Y yo no lo estaba. No después de lo que había dejado atrás.
—¿Adónde va usted? —preguntó la señora mayor, con la voz directa de quien ha decidido que el silencio ya ha durado suficiente.
—A Madrid —contesté, sin el menor interés en continuar.
—¿Por trabajo? —curioseó la joven, con una voz ligeramente engolada que no terminaba de encajar con la mirada que tenía.
—No. Cambio de residencia —respondí, incómodo.
—¿Cómo se llama? —insistió la señora mayor.
Por lo visto, había decidido que iban a conocerse.
—Abel. ¿Y usted?
—Hilaria. Y esta es mi hija, Violeta. Vamos también a Madrid, pero a un hospital.
Miré a Violeta. Sus ojos eran oscuros y profundos, pero ahora que los observaba de cerca descubrí algo que no había sabido leer antes: una mezcla de resignación y de tristeza que revelaba el fondo de un alma dulce y atormentada. No era el dolor reciente de quien recibe una mala noticia. Era algo más antiguo, más asentado, como una costumbre de sufrir.
—¿Van a ver a un médico por algo serio? —pregunté, más por cortesía que por otra cosa.
—Han ingresado a mi hermana por una caída. Se escurrió por una escalera, aunque no es muy grave —respondió Hilaria.
No le presté demasiada atención, porque seguía mirando a Violeta, que permanecía callada con esa quietud de quien lleva mucho tiempo guardando cosas dentro.
—Voy a estirar las piernas. ¿Vienes? —preguntó Hilaria, dirigiéndose a su hija.
—No.
La mujer recogió su bolso, lanzó una mirada breve e indescifrable entre los dos, y salió del compartimento. La puerta de corredera se cerró tras ella con un chasquido seco. En ese instante, en ese espacio reducido que olía a cuero viejo y a café frío, todo el aire cambió de naturaleza.
—Estás triste por algo, ¿verdad? —le pregunté a Violeta, sin preámbulos.
Ella tardó en contestar. Miró sus manos durante un momento que se prolongó más de lo esperado, y cuando levantó la vista había en su expresión algo parecido a la rendición.
—No —dijo por fin, con una voz que era casi una pregunta.
—Perdona. Me había parecido.
Violeta giró levemente la cabeza hacia la ventanilla. Fuera, los campos seguían pasando, indiferentes y amarillos. Cuando volvió a mirarme, algo había cambiado en su cara, como si hubiera tomado una decisión mientras miraba el paisaje.
—Mis padres me tienen encerrada en un pueblo pequeño —dijo, y la voz ya no era dubitativa sino directa, con la energía contenida de quien ha esperado demasiado para decir algo—. Necesito volar. Necesito libertad. Busco el amor.
—Pues yo huyo de él —repliqué con un escepticismo que no podía disimular, porque el dolor golpeaba en cada sílaba sin que yo pudiera impedirlo.
Ella me observó un instante con algo nuevo en los ojos.
—¿Crees en los flechazos?
—Por supuesto.
Guardamos silencio. El tren traqueteaba. Cada uno lamía en silencio las heridas de su propia historia, y había en eso algo extrañamente cómodo, la clase de silencio que sólo es posible entre dos personas que se han reconocido sin presentarse.
—Me quiero fugar contigo —dijo Violeta de pronto, mirándome a los ojos con una chispa de esperanza que le iluminó el rostro de una manera inesperada.
Me quedé descolocado. Intenté asumir, en los pocos segundos que el momento me concedía, lo que acababa de proponerme una mujer a quien no conocía de nada. Pensé en todo lo que había dejado atrás, en las vidas que se pasan esperando que algo ocurra, en esos veinte segundos de publicidad que prometen mundos mejores y nunca los entregan. Pensé que la única diferencia entre esos veinte segundos y este era que este era real. Que Violeta era real. Que la puerta que se estaba abriendo era real.
Miré por la ventanilla. El tren comenzaba a decelerar con suavidad, acercándose a una pequeña estación que no figuraba en ningún plan.
—¿Por qué no? —contesté.
Y la cogí de la mano.
Ella tomó su bolsa con un movimiento rápido, casi incrédulo. Yo agarré mi maleta. Bajamos del tren en el último instante posible, justo cuando los motores volvían a cobrar fuerza, y nos quedamos en el andén desierto mirando cómo el convoy se alejaba y se hacía pequeño y finalmente desaparecía en la curva.
Después nos miramos el uno al otro, como quien descubre un mundo nuevo que todavía no tiene nombre.
La vida se abría para ella. A mí, sin que yo la hubiera pedido, me daba una segunda oportunidad.
Cuando abrieron la habitación, todo estaba oscuro y el resplandor de las linternas le confería un aire aún más tenebroso. Tuvieron que ponerse un pañuelo en la boca para poder respirar. A la inspectora Parra la experiencia le había enseñado que unas gotas de colonia en la tela ayudaban, aunque no del todo.
—¿Alguien puede abrir las ventanas de una vez? —pidió sin apartar el pañuelo.
Uno de los guardias de uniforme se acercó.
—Con cuidado —le advirtió—. Esto es un escenario del crimen.
La luz lo inundó todo y dejó al descubierto lo que había: el cadáver empezando a descomponerse, atado de pies y manos a una silla, frente a una televisión apagada. Los de la científica llegaron poco después con sus maletines, desplegándose por la habitación con esa concentración silenciosa de quien sabe exactamente lo que busca.
—¿Qué tenemos, Parra? —preguntó el comisario jefe Cejudo, que se había desplazado personalmente en cuanto supo de quién se trataba.
—Poco. El chalet estaba cerrado por dentro: cadena en la única puerta, pestillos en todas las ventanas. Los primeros agentes tuvieron que forzar la entrada con el hijo. No hay señales de pelea ni de robo. Llevo dos horas y no he encontrado nada que nos sirva.
—Espero que hayas descartado el suicidio.
—Todavía no —contestó, irónica—. ¿Por qué no te acercas al cadáver y lo compruebas tú mismo?
Mientras Cejudo iba hacia el cuerpo, ella salió al jardín para hacer una inspección ocular del exterior.
El chalet estaba aislado en una zona residencial. En él vivía un periodista jubilado, influyente, con enemigos en proporción a su relevancia. Llevaba varios días sin dar señales de vida hasta que su hijo, acompañado de dos agentes, descubrió lo que había dentro.
Adela dio dos vueltas completas a la casa. Nada.
—Ha estado el juez y mandó levantar el cadáver. ¿Necesitas algo más? —dijo Cejudo asomándose a la puerta.
—No. Que se lo lleven.
—Por cierto, estuviste muy graciosa antes con lo del suicidio. El forense cree que fue estrangulado. ¿Has encontrado algo ahí fuera?
—Nada.
—Pues tendrás que encontrarlo pronto. La prensa se nos va a echar encima: era uno de los suyos y con influencia política. Si esto hubiera ocurrido a quinientos metros, sería problema de la dieciséis. —Mascullaba, pero en su voz había algo más que irritación profesional, algo que ella conocía bien y que prefería no nombrar.
—¿El perro estaba atado? —preguntó Adela en voz alta.
—¿Estás aquí o en otro mundo?
—Estoy aquí más que tú. ¿No ves a ese rottweiler que no ha parado de ladrar? —dijo echando a andar hacia la verja.
—¿Quién descubrió el cuerpo? —preguntó al grupo de agentes que esperaba en la entrada.
—Yo —dijo uno.
—¿El perro estaba suelto o atado cuando llegaron?
—Suelto. Lo ató el hijo al entrar.
—Gracias.
—¿Qué coño quieres decir con lo del perro? —preguntó Cejudo, que la había seguido sin entender nada.
—De momento, solo ato cabos. ¿O se te ha olvidado cómo se hace este trabajo? Observación, investigación, reflexión, análisis, deducción. Estoy en la segunda fase, si es que me dejas hacer lo mío.
Cejudo la miró un segundo antes de responder.
—Quiero un informe a última hora de la mañana encima de mi mesa —dijo, y se marchó hacia su coche mascullando algo que ella prefirió no escuchar.
Adela lo observó alejarse. Seis meses. "Es lo mejor para ti": esa había sido la única explicación que él se había molestado en dar. La excusa que ponen los hombres cuando se han cansado. Y sin embargo ella seguía trabajando a su lado, y seguía notando esa irritación específica que viene de haber querido a alguien y no haber terminado de dejarlo de querer.
Abandonó el chalet con pocas notas y mucho descontento. Se detuvo en un bar a tomar un café antes de entrar en la comisaría, porque siempre le gustaba despejarse antes de empezar a construir hipótesis.
Todavía llevaba el olor a muerte en la ropa cuando se sentó frente al ordenador. El laboratorio no tenía nada sólido: solo una sustancia extraña en la ropa del cadáver, resultados a última hora de la tarde. El forense fue más concreto: estrangulado con un cable de acero, sin otras señales de violencia, hora aproximada del crimen a confirmar por email.
Cejudo apareció en su despacho con el informe preliminar en la mano.
—No tenemos el arma, no hay móvil claro y no sabemos por dónde entró ni salió el asesino. ¿Sabemos al menos quién se beneficia?
—El hijo es el único heredero y hay una póliza de vida generosa. He ordenado que lo investiguen, pero no creo que encontremos nada. Cuando lo llamé sonaba demasiado seguro: dice que el martes por la noche estuvo en una cena que se alargó hasta la madrugada.
—¿Comemos juntos y comentamos el caso?
—Está bien —dijo, y se arrepintió en cuanto cerró la boca.
Fueron andando hasta un restaurante pequeño que los dos conocían. Se sentaron en un rincón, mesa redonda con mantel blanco e individuales rojos, y pidieron queso manchego, cordero asado y una botella de tinto de Valdepeñas.
—¿Aún estás enfadada conmigo?
—No, Ismael —dijo, cargando la palabra de una ironía que él no podría ignorar—. Te estoy agradecida por preocuparte. Pero centrémonos en el trabajo: en lo nuestro está todo dicho.
—Me parece bien.
Adela abrió su libreta.
—Dos personas tenían llaves o acceso a la casa: el jardinero y la asistenta. Cincuenta y seis años, soltera. Lleva años trabajando para él. No he comprobado sus coartadas todavía, pero ninguno de los dos se beneficia de esta muerte.
—¿Tenía enemigos?
—Muchos, Ismael. Como corresponde a un hombre de su nivel.
Tomaron café y orujo en silencio. Adela miraba el mantel. Cejudo la miraba a ella.
Después de comer volvió al chalet. Se situó en mitad de la habitación donde habían encontrado el cuerpo e intentó imaginar lo que había ocurrido, hasta que sonó el teléfono.
Era el laboratorio. Todas las huellas identificadas: el muerto, el hijo, la asistenta, el jardinero y el comisario. Y algo más: esquirlas minúsculas de aluminio en la ropa del cadáver.
Adela colgó y marcó el número de Cejudo.
—Ismael, ¿dónde estabas el martes pasado sobre las diez de la noche?
—¿Qué? ¿Por qué me lo preguntas?
—Tus huellas están en el escenario.
—¿Estás de broma?
—Sabes que nunca bromeo con el trabajo. Ve pensando dónde estabas y cuando llegue me lo dices.
—¿Sospechas de mí?
—No creo que seas tan inteligente como para haber cometido este crimen. Pero quiero cerrar posibilidades.
Llegó a la comisaría pasadas las nueve. Pasó por casa del jardinero y de la asistenta: el jardinero tenía coartada. La asistenta, no.
Cejudo seguía en su despacho.
—Solo tú y la asistenta estáis sin coartada. Así que si quieres que centre la investigación en ella, cuéntame qué hacías el martes por la noche.
—¿Sigues con eso? Vete a casa y descansa. Mañana pensarás con más claridad.
—Si es una orden —dijo, incorporándose.
Salió sin despedirse. Pensó, por primera vez con decisión, en pedir el traslado. Se duchó con el agua apenas tibia, cenó un bocadillo de pie en la cocina y tomó dos Valium antes de meterse en la cama. Lo tenía claro: en cuanto cerrara ese caso, solicitaría que la reubicaran.
Despertó sobresaltada a las seis de la mañana con una idea que no había podido formarse del todo la noche anterior. Se levantó, tomó café y salió.
La única forma de salir de una casa con la cadena puesta por dentro era por una abertura. Ella no creía en fantasmas.
Revisó los marcos de todas las ventanas, uno por uno, con la paciencia de quien sabe que lo que busca está ahí aunque no sepa todavía su forma exacta. Lo encontró en la cocina: una pequeña muesca en el aluminio, limpia y deliberada. Las esquirlas en la ropa del cadáver encajaban. Ahí estaba.
Fue a tomar un cortado y una tostada antes de entrar en la comisaría. Siempre hacía eso: odiaba el café de máquina y necesitaba ese espacio entre la calle y el despacho para que las ideas se asentaran.
Cuando llegó a su mesa, había una nota encima. Letra de Cejudo: un nombre de mujer y un número de teléfono móvil.
Cogió el papel y fue a su despacho.
—¿Qué es esto?
—El nombre y el teléfono de la persona con la que estuve toda la noche del martes —dijo él, como si nada.
Adela lo miró a los ojos. Le decía la verdad. Lo supo de inmediato y eso fue lo peor: no la mentira sino la verdad, una verdad que cerraba de manera definitiva la pequeña puerta que ella había dejado entornada sin admitirlo, esa posibilidad diminuta y absurda de que las cosas pudieran todavía arreglarse. Dio la vuelta antes de que él pudiera ver su cara. Se dejó caer en la silla con las lágrimas apretadas detrás de los ojos y el pecho oprimido por algo que no era rabia sino algo más antiguo y más difícil de nombrar.
Todos los hombres eran iguales.
Y entonces lo vio.
Los celos. Esa es la lógica. Los celos llevan a los extremos. Una mujer enamorada de un hombre que la humillaba y no la correspondía. Una mujer que lo conocía bien, que sabía sus horarios, sus costumbres, que tenía llave de su casa.
¿Y quién, después de matar a alguien, se habría entretenido en apagar la televisión? Solo alguien meticuloso. Alguien acostumbrado a dejar las cosas en orden.
—¡Tú lo mataste! —dijo Adela, y su voz en la sala de interrogatorios sonó más firme que cualquier pregunta.
La asistenta levantó los ojos del suelo por primera vez desde que habían empezado.
—No —dijo. Pero lo dijo demasiado despacio.
—Hay vecinos que te vieron el martes por la zona.
—Pasaba por allí casi a diario. —La voz, ahora, era un hilo.
—Lo mataste porque estabas enamorada de él y no te correspondía. Porque te humillaba. Porque llevabas años soportándolo.
La mujer cerró los ojos. Cuando los abrió, algo se había roto en su expresión.
—Sí —dijo, mordiéndose las palabras—. Yo lo maté. Y se lo merecía. No sabe cuánto me hizo sufrir.
Adela tomó la declaración completa, presentó la solicitud de traslado antes de salir y volvió a su coche.
Durante el trayecto, las piezas encajaron solas. La asistenta había entrado el martes sabiendo que él estaría viendo el fútbol —conocía sus costumbres mejor que nadie—. Lo encontró dormido frente al televisor. Lo ató. Fue a hacer la muesca en el aluminio de la ventana de la cocina. Volvió y lo estranguló. Ató un hilo de pescar al pestillo interior, salió por la ventana, corrió la traba desde fuera con un tirón limpio y sacó el hilo. Luego fue hasta la puerta del jardín acompañada del rottweiler, al que acarició un par de veces antes de soltar.
Un crimen perfecto, casi. Solo le había faltado calcular que el perro que esperaba fuera sería el mismo que la delataría.
Adela condujo de vuelta a casa con la ventanilla abierta, dejando que el aire de la tarde le limpiara la cara. El caso estaba cerrado. El traslado, pedido. Solo quedaba aprender, una vez más, a no dejar puertas entornadas.
El traqueteo del tren me arrancó del sueño por segunda vez. Me quedé quieto unos segundos con los ojos cerrados, dejando que la mente recuperara el hilo, y entonces lo recordé todo de golpe: el códice en la bolsa, la reunión en el hotel de Atocha, los periodistas que ya estarían esperando. Sentí una excitación que no era exactamente alegría sino algo más oscuro y más satisfactorio, la excitación de quien ha construido durante semanas una trampa perfecta y está a punto de cerrarla.
Cerré los ojos de nuevo y me dejé llevar hacia atrás, hacia el principio de todo.
Era un atardecer plácido de otoño y yo estaba sentado en el porche de casa con una copa de Napoleón entre los dedos, mirando caer las hojas secas sobre la tierra ocre de los campos recién labrados. El coñac había alcanzado la temperatura exacta en que comienza a desprender su aroma dulzón, y yo no tenía ninguna prisa en hacer otra cosa que no fuera existir en ese momento concreto.
Sobre la mesa, apilada sin orden, me esperaba la correspondencia atrasada de los últimos meses. África no me había dejado tiempo para nada que no fuera trabajar.
La separé en dos montones con la parsimonia de quien sabe que entre esos papeles no hay nada urgente, hasta que encontré el sobre color sepia. Sin remitente. La dirección escrita con estilográfica, con una letra pulcra y de trazos redondeados que me hizo pensar en una mujer. El nombre del destinatario no era el mío.
Debí haberlo devuelto al buzón. Lo supe perfectamente mientras introducía el abrecartas y rasgaba el papel.
Del interior, doblada en cuatro, cayó una cuartilla que desprendió un penetrante efluvio de rosas frescas. El contenido era escueto:
Estimado Aarón, aunque hace años que no sabes de mí, necesito de modo urgente tu colaboración. Es cuestión de vida o muerte; espero que no me falles y me ayudes, aunque sólo sea por los tiempos pasados. Llámame lo antes posible al 699132132.
Tuya siempre, Lidia.
Estuve un rato mirando el papel. Mi componente racional me decía que aquello no era asunto mío. Mi espíritu aventurero —y, seré honesto, el instinto del escritor que siempre está buscando material— me decía otra cosa. Es prodigioso el poder de la mente para construir argumentos que justifiquen lo que uno ya ha decidido hacer.
Fui al teléfono y marqué el número.
—Dígame —contestó una voz que era sensual incluso en esa sílaba tan corta.
—Hola, Lidia. Soy Aarón —mentí.
—No te había conocido. Parece que te ha cambiado la voz.
—Los años no perdonan.
—Creí que ya no me llamarías.
—He estado de viaje —me justifiqué, consciente de que había superado la primera prueba con demasiada facilidad.
—Mira, si me atreví a enviarte una nota después de tanto tiempo es porque no he tenido más remedio. Estoy muy asustada. Me gustaría explicártelo en persona; como sabes, nunca me ha gustado hablar por teléfono.
—Me parece bien —dije, sintiéndome ya dentro de la historia.
—¿Podrías venir a Madrid?
—Sí —contesté, casi sin darme cuenta de lo que acababa de decir.
Colgué y tardé exactamente treinta segundos en comprender la magnitud de lo que había hecho. Volví a llamarla para confesar. Ella creyó que era una excusa para no ir, y cuando intenté convencerla de que el verdadero Aarón ya no vivía allí, me dijo que vendría de todas formas.
Llegué a la estación con media hora de adelanto. El andén estaba casi vacío y el sol de otoño lo cruzaba en diagonal, dejando franjas de luz y sombra sobre el cemento gris. Oí el tren antes de verlo, ese traqueteo lento que se va haciendo más denso hasta que la máquina aparece al fondo de la vía como una promesa que tarda en cumplirse.
Solo descendieron tres personas. La reconocí antes de que ella me viera.
Tenía el cabello rojo fuego y rizado, que le caía sobre los hombros y captaba el sol de una manera que hacía difícil mirar otra cosa. Recorrió el andén con la mirada con esa seguridad tranquila de quien está acostumbrada a que la miren y ha aprendido a ignorarlo. Tendría unos diez años menos que yo. Sus pómulos marcados, la nariz angulosa y unos ojos de un verde profundo y extraño —el verde exacto del trigo antes de madurar— le daban una belleza que no era fácil de mirar de frente.
—Hola. Soy el impostor. Imagino que serás Lidia —dije, con la mejor sonrisa que tenía.
Ella me miró de una manera que habría paralizado a cualquier hombre menos curtido.
—¿Cómo?
—Ya te lo advertí —dije, intentando relajar la tensión.
Su rostro recorrió en pocos segundos todo el camino de la indignación a la sorpresa, y finalmente, con un encogimiento de hombros que tenía algo de resignación y algo de humor, aceptó la invitación a comer.
El restaurante era pequeño y acogedor, con mesas de manteles a cuadros y centros de vela de colores entrelazados que daban al comedor un aire cálido de complicidad. Mientras descorchaban una botella de Valdepeñas, conduje la conversación hacia lo que ya intuía que iba a ser el nudo de mi próxima novela.
—¿Qué es lo que te tiene tan preocupada?
Lidia me miró en silencio durante un momento largo, evaluando cuánto podía contarme. Luego habló.
—Soy arqueóloga. Hace unos meses, investigando en un archivo monacal de Toledo, encontré algo oculto dentro de la pasta de un incunable: un códice que había permanecido custodiado durante siglos por monjes de distintas órdenes. Su contenido —estaba escrito en sánscrito— cambia de forma concluyente la concepción que tenemos sobre la Iglesia y sobre Cristo. Necesité ayuda para la traducción, y así el Vaticano supo de su existencia. Desde entonces no he parado de recibir presiones. En dos ocasiones han intentado matarme —hizo una pausa—. O al menos eso creo.
Jugó con el helado de fresa sin comerlo, esperando mi reacción.
Yo la escuchaba con un pensamiento muy distinto al que ella suponía: tenía el personaje, tenía el nudo, tenía la atmósfera. Solo me faltaba el final.
—Hazlo público —le dije—. Es lo único que evitará que te sigan persiguiendo.
—No me gustaría pasar a la historia como la persona que dejó en la incertidumbre a millones de católicos.
—Tampoco creo que tengas derecho a ocultarlo.
Me apuré el chupito de orujo. Ella no respondió, pero en sus ojos de color verde trigo había algo que se parecía a la decisión tomada.
La tarde cayó mientras hablábamos, y acabé invitándola a pasar la noche en el caserío. Encendí la chimenea y preparé una merluza a la riojana que comimos casi en silencio, con el fuego chisporroteando de fondo y una botella de vino que se fue vaciando sin que ninguno de los dos lo notara demasiado.
Había algo entre nosotros que no necesitaba explicarse. Una corriente que existe a veces entre dos personas que se acaban de conocer y que reconocen en el otro algo que llevan tiempo buscando sin saberlo. El reflejo del fuego en su cabello era exactamente igual que la luz del sol en el andén, pero más íntimo, más cercano, más difícil de sostener.
Esa noche su piel olía a rosas frescas, igual que la carta. No lo olvidaría.
Por la mañana la acompañé hasta la estación. Antes de subir al tren, sacó el códice de su bolsa y me lo entregó.
—Guárdalo. Estará más seguro contigo hasta que decida qué hacer.
—Está bien —dije—. Así tendré que volver a verte.
Después de un beso que no tenía ninguna prisa por acabar, subió al tren. Me quedé en el andén mirando los raíles vacíos mucho después de que el convoy hubiera desaparecido en la curva, con el peso del códice en la bolsa y la certeza extraña de que algo había comenzado.
Seis días después tenía más de diez folios escritos y una novela tomando forma con una solidez que no había sentido en los dos libros anteriores. Solo me faltaba el desenlace. Llamé a Lidia para ver cómo estaba. El móvil estaba apagado.
Salí a comprar el periódico.
La noticia estaba en la página de sucesos, en un recuadro pequeño que no merecía, con el titular seco y sin piedad de las muertes que nadie reclama: "Muere atropellada por un automóvil que se dio a la fuga. Lidia Álvarez Hinojosa, profesora adjunta de la cátedra de Arqueología de la..."
No pude continuar leyendo. El papel se me fue de las manos y tuve que apoyarme en la pared porque las piernas no me respondían con normalidad. Respiré. Volví a respirar. El dolor tenía una textura física, como si alguien hubiera introducido una mano en el pecho y apretara.
No había sido un accidente. Lo sabía con la misma certeza con que sabía mi propio nombre.
Tardé unas horas en recuperar el ánimo suficiente para pensar con claridad. Cuando lo hice, comprendí dos cosas al mismo tiempo: tenía el desenlace de la historia, y estaba dispuesto a escribir el final yo mismo. No en el papel. En la realidad.
Llamé a varios compañeros de distintos medios y los convoqué a una reunión en un hotel cercano a Atocha. No les adelanté nada sobre el documento que pondría en sus manos. Quería ver sus caras —necesitaba describirlas con precisión en el último capítulo— cuando comprendieran el alcance de lo que estaban viendo. ¿Qué mejor plataforma de lanzamiento para una novela que un escándalo de proporciones mundiales en la prensa, unos meses antes de su publicación? La justicia y el éxito editorial al mismo tiempo. Lidia habría sonreído.
Una muchacha joven que entró al compartimento me sacó de los recuerdos. Miré el reloj: aún faltaban más de veinte minutos para llegar a Madrid.
Me levanté a estirar las piernas.
El pasillo estaba casi vacío. Avancé hacia el extremo del vagón con las manos en los bolsillos, sintiendo el balanceo rítmico del tren bajo los pies, ese movimiento que siempre me había parecido sedante y que ahora, por alguna razón que no supe identificar, me producía una inquietud leve y sin objeto concreto. Me dije que eran los nervios de la reunión. Seguí andando.
El aseo estaba al fondo. Empujé la puerta.
No llegué a abrirla del todo. Algo —alguien— me golpeó por la espalda con una fuerza calculada y precisa que me lanzó hacia delante, y antes de que pudiera girarme o gritar o hacer cualquier cosa, la puerta se cerró a mi espalda y me encontré en el interior del cubículo con un hombre que no había visto en mi vida.
Era corpulento, con las manos grandes y los ojos completamente vacíos. El tipo de vacío que no es ausencia de inteligencia sino ausencia de conflicto moral: un hombre al que le resultaba igual matar que no matar. Eso era lo más aterrador, comprendí en el segundo y medio que tuve para pensarlo. No la violencia. La indiferencia.
Levantó el puño derecho y me golpeó en la cara con una precisión que hablaba de muchos años de práctica. Retrocedí y caí sobre el inodoro con un dolor que me nubló la vista durante un instante. Intenté incorporarme. No llegué a hacerlo.
Me cogió del pelo con la mano izquierda —un gesto tan rápido que apenas lo vi— y con la derecha hizo algo que tardé un momento en comprender porque no lo sentí de inmediato. Solo noté el frío. Un frío muy limpio y muy preciso, recorriéndome el interior de la garganta de izquierda a derecha, como si alguien hubiera trazado una línea con un lápiz de hielo.
Después vino el calor.
Intenté gritar. Lo que salió no era un grito: era un sonido húmedo y gutural que no reconocí como mío, un sonido que venía de un lugar del cuerpo donde no debería haber sonido. Llevé las manos al cuello por instinto y sentí el borboteo caliente de la sangre entre los dedos, espesa y abundante, con una temperatura que no esperaba.
El hombre ya no me miraba. Se lavaba las manos en el lavabo con la parsimonia de quien cumple un trámite menor, secándoselas después con papel, sin prisa, sin el menor signo de agitación. Luego recogió el códice de mi bolsa, que había caído al suelo durante el forcejeo, y lo examinó un segundo antes de guardárselo.
Abrió la puerta y salió al pasillo.
Yo me deslicé lentamente por la pared hasta el suelo. El frío de los azulejos era lo único que sentía con claridad. Fuera, el tren seguía moviéndose con su cadencia monocorde e indiferente, y por la pequeña ventana enrejada del aseo entraba una luz gris de tarde que lo iluminaba todo con una precisión innecesaria y cruel.
Pensé en Lidia. En su cabello al sol en el andén. En el olor a rosas.
Pensé en la novela.
Lo peor, comprendí mientras la luz gris iba haciéndose más distante, era que el final era completamente diferente al que yo tenía urdido.